Redacción PamiSalud Abril 17 2026
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Ciudad de México, 17 de abril de 2026. –El virus que desencadenó la peor crisis sanitaria del siglo no surgió en un laboratorio de política internacional ni en una sala de conferencias: surgió en la intersección invisible entre un animal, un ecosistema alterado y un ser humano. Esa intersección, que durante décadas fue ignorada por los sistemas de salud del mundo, es hoy el epicentro de la estrategia más ambiciosa que la comunidad científica y los organismos internacionales han puesto en marcha para evitar que algo como la pandemia de COVID-19 vuelva a ocurrir. En abril de 2026, Lyon, Francia, fue la sede de una cumbre internacional convocada bajo el marco del enfoque "One Health" —Una Sola Salud— donde representantes de la Organización Mundial de la Salud, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y la Organización Mundial de Sanidad Animal se reunieron con científicos, líderes de gobierno y expertos en medio ambiente para construir, por primera vez de manera coordinada y vinculante, un sistema global de vigilancia y respuesta que trate la salud humana, la salud animal y la salud ambiental como lo que en realidad son: tres dimensiones de un mismo problema. El mensaje que salió de Lyon fue tan claro como urgente: la próxima pandemia no es una posibilidad remota, es una probabilidad matemática, y el mundo tiene una ventana estrecha para prepararse.
El enfoque One Health no es una idea nueva, pero sí una que tardó demasiado tiempo en ser tomada en serio por quienes tienen el poder de actuar sobre ella. Su premisa central es que la salud de los seres humanos no puede entenderse de forma aislada de la salud de los animales ni del estado de los ecosistemas que habitamos. Más del 60 por ciento de las enfermedades infecciosas que afectan a los humanos tienen origen zoonótico, es decir, provienen de animales. El VIH, el ébola, la gripe aviar, el síndrome respiratorio de Oriente Medio y, según la hipótesis más ampliamente aceptada por la comunidad científica, el propio SARS-CoV-2, son todos ejemplos de patógenos que cruzaron la barrera entre especies en contextos donde la actividad humana había alterado de forma significativa el entorno natural. La deforestación acerca a los humanos a reservorios animales de virus que antes permanecían confinados en ecosistemas remotos; la ganadería intensiva concentra animales en condiciones que favorecen la mutación y transmisión de patógenos; el comercio global de fauna silvestre mueve potenciales vectores de enfermedad de un continente a otro en cuestión de horas. La OMS, la FAO y la WOAH llevan años documentando estos patrones, y la cumbre de Lyon fue, en ese sentido, el momento en que el análisis académico se convirtió en mandato político.
Lo que se acordó en Lyon va más allá de las declaraciones de principios que suelen caracterizar a los encuentros multilaterales en salud global. Durante la cumbre, los organismos participantes presentaron un marco operativo para crear sistemas nacionales e internacionales de vigilancia integrada, capaces de detectar señales de alerta en poblaciones animales antes de que un patógeno haga el salto hacia los humanos. Esto implica, en la práctica, que los veterinarios, los epidemiólogos y los ecólogos deberán trabajar en redes compartidas de información, algo que en la mayoría de los países del mundo no ocurre hoy porque esos sectores operan en silos institucionales con presupuestos, ministerios y protocolos completamente separados. El plan discutido en Lyon contempla también el fortalecimiento de los laboratorios de referencia en regiones de alta vulnerabilidad —particularmente en África subsahariana, el sudeste asiático y América Latina— donde la presión sobre los ecosistemas es mayor y la capacidad de detección temprana es, paradójicamente, más débil. La nueva arquitectura que se propone no sustituye a los sistemas nacionales de salud, sino que los conecta en una red de inteligencia epidemiológica que, si funciona como se plantea, podría reducir de semanas a días el tiempo entre la detección de un brote emergente y la respuesta coordinada internacional.
"No podemos seguir tratando la salud humana como si ocurriera en una burbuja separada del mundo natural. Esa burbuja no existe."
El cambio climático es, en este contexto, el multiplicador de riesgo que convierte la discusión de One Health en una urgencia de primer orden. El aumento de las temperaturas globales está desplazando los rangos geográficos de vectores como mosquitos y garrapatas, llevando enfermedades como el dengue, la malaria o la enfermedad de Lyme a latitudes donde nunca habían sido endémicas. El deshielo del permafrost ártico representa un riesgo menos conocido pero igualmente documentado: en esas capas de suelo congelado durante milenios podrían existir patógenos extintos cuya reactivación es, según algunos investigadores, una posibilidad que no puede descartarse. La pérdida de biodiversidad, por su parte, debilita la resiliencia de los ecosistemas y reduce lo que los científicos llaman el "efecto de dilución": la presencia de múltiples especies que actúan como amortiguadores naturales de la transmisión de enfermedades. Cuando esa diversidad desaparece y quedan solo unas pocas especies altamente adaptadas —muchas de ellas roedores y aves migratorias con alta capacidad de portar patógenos— el riesgo de emergencia viral aumenta de forma proporcional. Todos estos factores confluyen en un escenario que los epidemiólogos describen no como pesimismo, sino como realismo: el mundo del siglo XXI, con su densidad urbana, su conectividad global y su presión constante sobre los ecosistemas, es un ambiente estructuralmente más favorable para la emergencia de nuevas pandemias que el del siglo pasado.
Lo que la cumbre de Lyon deja sobre la mesa es, en el fondo, una pregunta que trasciende la ciencia y la política sanitaria: ¿está el mundo dispuesto a gobernarse de una manera diferente frente al riesgo de pandemia? One Health exige algo que los sistemas políticos nacionales han demostrado resistencia a aceptar, que es que ciertos problemas no tienen solución dentro de las fronteras de un solo país ni dentro de la competencia de un solo ministerio. Requiere que un gobierno invierta en salud animal en una región remota no porque eso beneficie directamente a sus ciudadanos hoy, sino porque un brote detectado y contenido allí podría evitar una crisis sanitaria global mañana. Requiere que los datos de vigilancia epidemiológica se compartan con transparencia y velocidad, incluso cuando esa transparencia pueda tener costos económicos o políticos para el país que los reporta. Y requiere, sobre todo, entender que la salud no empieza en la sala de espera del médico ni termina en el laboratorio del hospital: empieza en el bosque que se tala, en el mercado donde se vende fauna silvestre, en el río que se contamina, en el suelo que se agota. El futuro de la salud global dependerá de la capacidad del mundo para actuar sobre esa complejidad antes de que la próxima crisis obligue a hacerlo de emergencia, como ya ocurrió una vez, a un costo que todavía se sigue contando.